Acompáñame dándole al botón "Me gusta" y mejor aún dándole al botón "participar en este sitio". Se está muy bien en buena compañía.

En facebook

Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta sentimientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sentimientos. Mostrar todas las entradas

¡¡Maldad!!



¡Qué duro es que alguien te haga daño! Pero peor aún es si no sabes porqué.   En una conversación con alguien cercano me explicaba que lo había pasado muy mal pues una persona de la que dependía económicamente le estaba perjudicando cada día más. Sin explicaciones, sin ninguna razón, sin que viniera a cuento. Poco a poco. Apretándole cada día más. No lo entendía. 

Me dijo que a partir de ahora iba a dejar de confiar en la gente pues esa persona le había hecho mucho daño. La definió como una persona mala. 

Esto me hizo pensar en la maldad. Mejor dicho, en la existencia real de ella. Porque la maldad existe. Está ahí. Más de lo que nos creemos. Y lo que es peor, desde mi punto de vista existe y no tiene razón. Simplemente es. 

Hay personas que hacen daño sin más. Por hacer daño. No sé que encuentran en ello. Pero actúan así. Porque puedo empatizar – que no admitir – con la venganza, la ira, el desengaño, la envidia u otros “dones” similares. Pero no me cabe en la cabeza, no entiendo, no empatizo, no comprendo, cuando el fin último es dañar por dañar

Mi amigo puso en duda todos sus valores – yo también – y casi le requebrajan por la mitad. Estaba obsesionado por encontrar una explicación a la actuación de esa persona. E incluso dispuesto a cambiar su forma de ser para ponerse en modo defensivo permanente. La maldad le apresó, le atemorizó y removió sus principios. 

Menos mal que este terremoto no le destrozó sus estructuras.  Sus principios le permitieron distanciarse, alejarse y retomar posición, poniendo simplemente al malo en su sitio justo. Sólo a ese malo, no a todas las personas que le rodean. Tuvo que trabajar fuertemente con sus valores y principios para superar la situación. Lo pasó mal pero al final triunfó. Salió victorioso en una difícil batalla, tal vez la mayor de todas. 

En este mundo en el que buscamos nuestro sitio con anhelo no podemos olvidar que la maldad existe. Hay que reconocerla, denunciarla y apartarla.   Eso sí, preguntémonos si vale la pena buscarle justificaciones si la peor maldad es la que no las tiene.

Cambiar a peor

Hay cosas que nunca me dejan de sorprender. Hoy me vais a permitir que utilice alguna palabra “malsonante”. Sabéis que no suelo hacerlo pero así hago una transcripción mas literal de lo hablado. 


No me voy a enrollar mucho. Imaginad por un momento que alguien opta por dos posibilidades frente a una situación. La primera pregunta que se me ocurre es ¿Cómo quedarás si optas por el camino A? La respuesta que me dan es categórica: “Jodido”.

Bueno, ya tenemos algo más claro. Me alegra tanta claridad. Se me escapa una sonrisa. Entonces, ¿cómo quedarás al optar por el camino B?  En décimas de segundo, marcando previamente un gesto de desesperación, la respuesta es: “Jodido”.

Ahora el gesto de desesperación se me pone a mí. No lo puedo evitar. Mi interlocutor sólo ve dos caminos posibles y los dos nos llevan al mismo sitio. 

La siguiente propuesta es buscar alguna alternativa más. Pero no se centra en ello. ¿Y la posibilidad de quedarse como está?  No le gusta.

¿Entonces? ...Que quiere un cambio. Sí o sí. 

La duda que me viene a mí en ese momento es: ¿Alguien quiere meterse en un camino que sabe que le va a ir mal?  ¿Qué obtiene con ello? ¿Qué será más doloroso? ¿No estar bien ahora porque lo que tienes en este momento no te gusta? ¿O estar muy, muy jodido más adelante pues has sido consciente de que ibas a estar jodido?

Desde luego, esto último es jugar a la ruleta rusa con el cargador lleno de balas. Y lo que más me sorprende es que alguien vaya a pegarse un tiro a sí mismo sabiendo que va a morir…pero no porque quiera morir, sino porque quiere salir de una situación actual. A cualquier precio. Aunque en ese otro sitio le vaya aún peor.  


Desde luego, hay mucha presión hoy en día para salir de la zona de confort, para moverte, para impulsar el cambio. Pero hay que distinguir - aunque sea de perogrullo - que no todos los cambios son necesariamente a mejor. Ni tienen que ser ¡ya! Ni a cualquier precio.  

Repitiendo errores

Tendemos a acumular cosas. Y también sentimientos. Esto nos afecta. 

Permitidme que os cuente una situación que ocurrió en una empresa en la que trabajé. Puede ilustrar muy bien el asunto de hoy.

Al poco de estar allí hubo un incidente con el suministro de un material. De inmediato mis compañeros de comercial y logística (departamentos que yo dirigía) se empezaron a quejar de los grandes errores continuos que se producían en fábrica. Lógicamente me asuste y me ocupé de aquello.  

Al cabo de un tiempo, volvió a suceder otro incidente. De nuevo, tal vez con más fuerza, arreciaron las críticas a los otros. Otra vez echaron en cara la cantidad de fallos que sucedían. El ambiente entre departamentos se hizo irrespirable. 

Esta vez, paré. Decidí confirmar ciertos aspectos.  Fue sorprendente.

Verifiqué que el error anterior había sucedido hacía tres meses.  Que sacábamos por la puerta de fábrica cientos de artículos diariamente. Por tanto, el índice de errores era mínimo, casi cero absoluto. Eso sí, cada vez que sucedía algo, mis compañeros acumulaban en el relato todos los errores anteriores,…, que habían sucedido hasta diez años atrás.

Pero esto no era cosa sólo de quienes trabajaban conmigo. También mis jefes hacían lo mismo. Ante un error, acumular recriminaciones. Imaginad el ambiente tan tenso que se creaba.

Me costó mucho trabajo y muchas conversaciones convencer tanto a los de arriba como a los de debajo de que aquello no tenía sentido alguno y que enturbiaba el ambiente e incluso las relaciones personales.

Finalmente decidí que me lo dieran por escrito. Ahí se acabó el problema. No fueron capaces (ni los de arriba ni los de abajo) de demostrar que nuestra fábrica funcionaba mal.

Eso sí les quité la satisfacción de lanzar bulos  y falsas acusaciones. Ese deporte nacional tan arraigado en nuestras costumbres. No sé por qué a más de uno aquello le hacía feliz. 

Pues lo mismo nos pasa en las relaciones personales. Somos capaces de acumular porquería aunque nos tengamos que cargar todo los que nos rodea y nos sustenta.  ¿Pero cómo somos tan burros?

Soy ignorante (lo prefiero)

Pues sí, dentro de esta época en la que me ha dado por el “Soy,..” reconozco que iba a hacer un post sobre “Soy vanidoso”. Pero tras informarme un poco, creo que hoy toca llamarme ignorante, lo prefiero. .
Mira que llevo tiempo escribiendo, que debería conocer el significado de las palabras más comunes. Pero no, les atribuyo significados que luego no son los que de verdad tienen.  Tal vez sea porque como lector voraz y rápido que he sido, me ha faltado meticulosidad con  las definiciones exactas de determinadas palabras. Más que buscar en el RAE, las adecuaba al entorno,…  Pero bueno, esto es otra historia, que hoy toca vanidad,..
Todo viene porque Alvaro López.  autor del blog “Autorrealizarte”, me ha incluido en un listado de blogs interesantes sobre desarrollo personal.  Me ha halagado y me ha enorgullecido. Hasta aquí, todo bien. Sin pecado. Pero,.., al pensar sobre el estímulo que eso suponía para mi vanidad, entendiendo como el placer de ser reconocido por algo, he decidido ir al diccionario.
Para mi sorpresa, debido a mi ignorancia supina (lo pongo en negrita porque es lo que mejor me define), vanidad viene de vano, de vacío, de hueco. Y el ser vanidoso entonces es tener la cualidad de vano, es decir, ser arrogante con unas cualidades propias que son vanas, vacías, sin contenido. Es decir, estar orgulloso y proclamar a los cuatro vientos que,…, somos puro nada, pura fachada.
Leyendo un poco más, algunos autores hablan de la vanidad diciendo que es una demostración exagerada de la soberbia y de la arrogancia. Y entre las “virtudes”  o “intenciones” de la vanidad podríamos hablar de su uso para menospreciar  a otros, para sentirnos mejores, para tapar defectos propios, para despertar halagos intempestivos, etc,etc,etc. Vamos, que los vanidosos son todo un ejemplo de presunción, envanecimiento y arrogancia. 

Espero que no se me olvide esta lección y que el reconocimiento propio de mi ignorancia (vacio) me ayude a evitar la vanidad (vacio). 

Soy traidor

Lo reconozco, hace poco “traicioné” a un amigo. Me ha pasado alguna que otra vez. ¿Qué ocurrió? Pues que le decepcioné. Porque no cumplí con aquello que él esperaba de mí.

¿Era mi intención hacerlo? ¿Fue una actuación con maldad? Pues no. Simplemente hice lo que creía conveniente pero actúe de manera distinta a lo que él suponía.

 ¿Y ahora cómo lo arreglo? Él, y yo también, dimos por supuestas una serie de premisas que nunca habíamos hablado.  En toda relación siempre quedan huecos que no se rellenan porque se dan muchas cosas por supuestas. Y claro, eso da lugar a este tipo de situaciones.

Así que toca enfrentarlas. ¿Cómo? Pues como siempre, partiendo del primer paso que es:¿qué puedo hacer yo? No que tiene que hacer él. Eso es cosa suya. Soy yo quien tiene que intentar abordar el asunto. Él luego hará lo que crea conveniente.

Como he comentado antes no hubo maldad. En muchos de los casos de traición puede haber ignorancia, egocentrismo o torpeza.  Hay que analizarlo.

Para empezar, me pondré en su lugar. Intentaré ser empático con él (es decir, intentaré pensar como él piensa, que no es mostrarme simpático o condescendiente con él).  Seguramente esto me dé una primera clave de porqué esperaba algo de mí que no le he dado. 

También asumir la parte de culpa que yo tengo porque en una relación entre dos, no todo es blanco o negro. Pedir disculpas por el daño causado y tratar de compensar en lo posible lo hecho. 

Y por supuesto, tener claro que no necesariamente estas acciones nos van a llevar a la reconciliación.  

Por supuesto, todos estos pasos no son fáciles. Incluso alguna vez son casi imposibles. Pero tengo que  intentarlo. Por lo menos que quede constancia de que no hubo maldad. Eso sí, deberé  tener muy claro que se puede hacer daño por ignorante o egoísta para tratar de evitarlo en futuras ocasiones. (¡Y a ver si en esta me reconcilio!)

Os adjunto un enlace a un buen artículo de Irene Orce sobre este asunto.


Amor

Esta semana me ha llamado la atención que la Real Academia de la Lengua ha incorporado un nuevo término al diccionario. Se trata de la palabra amigovio. La define como  "Persona que mantiene con otra una relación de menor compromiso formal que un noviazgo". Yo no la había oído nunca en España pero parece ser que es popular en Argentina, Paraguay, Uruguay y México. Bienvenida sea.

¿Y esto que tiene que ver con tu blog, Javier?... ¡Cada día desbarras más! 

Si me dais un par de párrafos más, trataré de explicarlo.

En este blog trato de los asuntos más variopintos que atañen al crecimiento personal, al cambio, a los posibles caminos. Por lo menos intento plantear asuntos que nos hagan reflexionar unos minutos cada semana.

Me he dado cuenta de que tras más de cien entradas y 25000 visitas (por cierto gracias por acompañarme), no he hablado del amor, ni hay en el blog –en el apartado de etiquetas – ni una llamada a esta palabra: AMOR. Hoy dejaré esto resuelto.

Conocemos la importancia de este sentimiento. Es el más  motivador de todos. Vamos, que mueve más montañas que ninguno. No es el más potente, ni el que más nos cambia necesariamente en positivo. Eso lo consiguen mejor los sentimientos de ternura y de agradecimiento. Pero es difícil negar la fuerza de este sentimiento.

Y me ha sorprendido la palabra amigovio porque supone un estado de tránsito, de la de amigo a la de novio. La palabra novio supone un compromiso importante. Así que la admisión de este término quiere decir que cada día las personas tendemos a comprometernos  menos, a dejar las situaciones en una indefinición.

En España se utiliza otro término, un poco más fuerte en sonido, que la RAE no ha incorporado a pesar de su gran uso. No es exactamente lo mismo pero también implica un poco de lo que he comentado antes. Por si alguien no conoce el término me refiero a la palabra follamigo. Esto daría para otra entrada de blog.

En definitiva, y ya os dejo por esta semana, que quedo emplazado para más entradas sobre el amor. Mientras tanto os dejo un enlace que me ha gustado mucho sobre el amor. 

Disfrutadlo y…, lo discutimos si os apetece.



Gracias por vuestra compañía. 

Sin perderte


Imagina que quieres ir del punto A al B. En este blog, permanentemente, hablamos de la racionalidad a la hora de establecer caminos: piénsalo, medita bien qué pasos quieres dar. Ok, ya has establecido el camino. El para qué del mismo. Tras dedicarle muchas horas de  meditación decides ponerte en marcha.  Y ahora a por el objetivo. De acuerdo, nadie te va a parar. Tu cabeza marca los pasos. Lo conseguirás.
Pero,…, existen señales aparentemente irracionales que de no tenerlas en cuenta,  pueden hacer que todo el castillo montado se nos venga abajo o que no escojamos el camino adecuado. .
Metidos en la vorágine de la consecución del objetivo, somos capaces de no oír nuestro estómago. Cuántas veces intuímos que algo no funciona y sin embargo, en pos del objetivo, desoímos estas señales y a base de racionalidad las tapamos y seguimos adelante.
La respuesta frente a esos pequeños desasosiegos irracionales puntuales - como pueden ser un malestar del estómago, una sensación de insatisfacción, un apagarse ligeramente una sonrisa, una desazón momentánea – suele ser: “Yo puedo y por tanto, borro esta duda momentánea porque,…” y comenzamos a pensar en las ventajas del objetivo, en lo que vamos a conseguir, en el logro de la meta, y, racionalmente, apagamos las voces interiores. Solemos considerarlo un éxito. “Puedo con los inconvenientes”.
Y al alcanzar la meta, resulta que no es como la habíamos pintado, que no nos satisface como esperábamos, que hay algo que nos hemos dejado en el camino y que nos hubiera hecho falta. Hemos conseguido satisfacer nuestro ego con la consecución del objetivo pero, aquello no funciona.
Por eso es importante oírnos. Y cuando nuestro “estómago” o nuestro “corazón” suena, hace ruido, hay que prestarle atención. Por seguir con la imagen de los ruidos, no debemos dejar que el ruido del objetivo tape el de nuestras sensaciones y emociones.
Claro que hay que ser racionales pero escuchemos esas pequeñas señales de aviso que nuestra intuición nos va dando. No te olvides que en el camino vamos a tener intuiciones casi contradictorias. Una vez detectadas, pensemos en ellas y lo que pueden significar justo en ese momento. Son las claves que nos darán la dirección correcta. Son las señales que nos ofrecen el mejor camino hacia el objetivo.  Aunque en ese momento nos parezca que nos desviamos.
Pd.- Si mi amigo me lee sabrá que esto va por él. Espero que con esta entrada entienda mejor lo que quise decirle. A mí me ha servido escribir sobre esto.